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La Bicicletada Escolar es una marcha festiva y reivindicativa en bicicleta con salida y llegada este año en la Pza. del Pilar. Tendrá una importante presencia de niñ@s en edad escolar, pues la misma va dirigida principalmente a los participantes en los programas
municipales “Caminos Escolares” y “La Bicicleta en la Escuela”.

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DÍA : Domingo 30 de abril-

HORARIO: encuentro convocado a las 10.00 para salir puntualmente a las 10.30 horas.

FIN: Al finalizar en la plaza del Pilar se invita a los participantes a disfrutar de los talleres de exhibición de cultura ciclista pertenecientes al Festival Zaragoza, La ciudad de las bicis en twitter (@zgzesbici).

RECORRIDO / Plaza del Pilar (salida puntual a las 10:30), se recorrerán unos 6 km empezando por calle Florencio Jardiel, Echegaray y Caballero, Don Jaime, Coso, Paseo de la Independencia, Paseo Pamplona, Paseo María Agustín, Puente de la Almozara, Calle Valle de Broto, Avenida San Juan de la Peña, Calle Sobrarbe, Puente de Piedra, Don Jaime, Plaza del Pilar. En la Plaza del Pilar, está prevista la realización de un pequeño acto de animación previa por parte de alumnado del I.E.S. Pedro de Luna.

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  • ¿Qué tengo que llevar a la Bicicletada Escolar?

TU BICI. Hinchada y en buenas condiciones… ¡¡Y cuánto más maqueada , mejor!!

UN CASO. Al menos si eres menor de 16 años.

COMIDA Y BEBIDA. Si piensas quedarte luego a almorzar.

RECAMBIOS Y HERRAMIENTAS. Por si tu bici se estropea a mitad de recorrido.

MUCHAS GANAS DE PEDALEAR Y DE CANTAR. La Bicicletada Escolar es una fiesta que recorre las calles de Zaragoza a golpe de pedal.

foto de La X Bicicletada EScolar 2016 (de https://conbicialcolezgz.wordpress.com)

  • ¿Qué hay que saber antes de ir a la Bicicletada Escolar?

NO ES UNA COMPETICIÓN. Se trata de un recorrido en bicicleta por las calles de Zaragoza, festivo y reivindicativo, en ningún caso es una competición.

PRECAUCIÓN DURANTE EL RECORRIDO. Aunque seremos escoltadas estupendamente pro la Policía Local, el recorrido está abierto al tráfico por que los papis y las mamis deberán estar siempre cerca de los peques para evitar que se salgan del trazado.

ESTUDIA LA RUTA. Es buena idea pensar el camino de ida y vuelta desde tu casa o tu cole, tratando que sea la mayor de éste por carriles bici o parques.

QUREMOS QUE TE QUEDES. Al final de la Bicicletada en la Plaza del Pilar  habrá actividades que forman parte del encuentro internacional alrededor de la bici que esos días acoge Zaragoza: http://www.laciudaddelasbicis.org/

 

 

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La Sirena

La sirena

[Cuento – Texto completo.]

Ray Bradbury


Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.

-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

-En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

-Oh, hay tantas cosas en el mar -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

-Sí, es un mundo viejo.

-Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.

-¿Los cardúmenes de peces?

-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: “Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida”.

La sirena llamó.

-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene…

-Pero… -interrumpí.

-Chist… -ordenó McDunn-. ¡Allí!

-Señaló los abismos.

-Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego… no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.

-¡Es imposible! -exclamé.

-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

-¡Parece un dinosaurio!

-Sí, uno de la tribu.

-¡Pero murieron todos!

-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

-¿Qué haremos?

-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

-¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo… lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

-¡Abajo! -gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

-¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

-Por si acaso -dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

FIN

Lisístrata de Gata Cattana (D.E.P.)

 

Libre.

Quiero que bailes con todos los que te dé la gana,
quiero que vengas a mí con todo tu pasado,
pero deseando vestirte para un futuro juntos,
quiero ser quien te haga volar más alto,
y no el que te corte las alas,
quiero quererte como los dos queramos
no sólo como yo quiero,
quiero que te escapes cuando lo necesites
y vuelvas a mí sólo si lo deseas,
quiero que los celos aparezcan sólo
cuando uno de nuestros gatos quiera más
a uno que al otro,
quiero que te entregues
todo lo que sientas
y ojalá sea
hasta sentirte mía,
quiero quiero quiero quiero
saber lo que quieres
por delante de lo que quiera yo.

Que te quiero libre,
no atada a mis versos,
ni a la tópica idea del amor, ni a las convenciones sociales,
ni a la moral católica.

Libre.

Te quiero
sólo
si eres
libre.


Carlos Miguel Cortés – Innormal

Visto en El Ventano

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Vuestras ciudades son cada vez más irrespirables, por eso estamos desapareciendo de ellas. En 2016, y a pesar de que nos elegisteis Ave del Año, hemos perdido a un 7% de los nuestros. Es más, en los últimos veinte años nuestras poblaciones han descendido casi un 20 por ciento. Somos 25 millones de gorriones menos que hace dos décadas. Y seguimos para bingo. Porque aunque a la mayoría no os conste nos estamos yendo, poco a poco y por la puerta de atrás. Sin la alarma del águila imperial o el quebrantahuesos, en silencio, pero nos vamos.

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La cosa no tiene que ver solo con los que vivimos aquí. En Europa hemos descendido casi un 65% desde 1980. En Londres hemos desaparecido. Mis famosos primos de Hyde Park o de Regent’s Park, aquellos simpáticos “sparrows” que acudían a comer de vuestras manos y se dejaban fotografiar posados graciosamente sobre vuestros sombreros, se han esfumado.

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Pero aprovechando que estamos en Inglaterra, y como sé que muchos de vosotros pensaréis que nuestra desaparición es un hecho sin importancia, dejadme que os cuente la historia de otro de los nuestros, otro fringílido: un pariente al que le tenéis mucha afición por lo bien que canta, para su desgracia. Me refiero al canario: ese al que os gusta tanto encarcelar.

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Hace un siglo era muy común que las cuadrillas de mineros ingleses descendieran a las galerías de las minas de carbón con un canario enjaulado. Cuando llegaban a la galería lo colgaban de la pared y le iban echando una mirada con el rabillo del ojo mientras picaban. No lo hacían para disfrutar de su canto -allí abajo el ruido era ensordecedor- sino para usarlo como señuelo. El canario era su salvavidas.

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Las emanaciones de gases tóxicos que se forman en las vetas de mineral, como el letal grisú, eran la principal causa de muerte entre los mineros que trabajaban en la profundidad de las galerías. Como dichos gases son inodoros e incoloros, cuando los mineros sentían los primeros síntomas de desfallecimiento ya era tarde: estaban en la antesala de una muerte segura. Por eso bajaban portando a nuestros primos enjaulados. Si comprobaban que el pobre canario yacía inerte en la jaula activaban las alarmas y abandonaban la galería a toda leche.

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Y nosotros somos ahora vuestro canario de la mina, eso que vuestros científicos denominan bioindicadores. Nuestra desaparición debería inquietaros porque es una alerta en toda regla. Al irnos os estamos advirtiendo que envenenar los campos con plaguicidas, contaminar el agua con todo tipo de vertidos tóxicos o acumular gases nocivos en la atmósfera urbana ha convertido nuestro entorno, ese entorno que durante tanto tiempo compartimos, en un lugar cada vez menos saludable.

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Imagen de Pinterest

Tenemos a unos grandes aliados entre vosotros, nuestros padrinos de SEO/BirdLife.
Deberíais atender a lo que os dicen, porque son los que mejor están entendiendo lo que os intentamos decir. Aquí encontraréis toda la información necesaria para saber por qué nos estamos yendo y qué podéis hacer para ayudarnos, es decir: para ayudaros.

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Imagen de artenatura

Ojalá os decidáis a actuar, por vuestro propio bien y por el nuestro. Mientras tanto no os extrañéis si al echar unas migas en el parque se os echan encima las palomas, las urracas o esas extrañas que introdujisteis hace unos años y ahora están por todas partes: las cotorras. Nosotros estamos en retirada.

Atentamente, un humilde gorrión de barrio.

José Luis Gallego

 


3° A group. Biology.

2016-17

I.E.S. Pedro de Luna

El departamento de Biología y Geología del IES Pedro de Luna, en colaboración con el Centro de Documentación del Agua y el Medio Ambiente (CDAMAZ), pone a disposición del alumnado una selección de cómics, tebeos y manga sobre medio ambiente y sostenibilidad.  La selección de documentos es muy completa incluyendo desde el Super  López de Jan a las novelas gráficas de Jiro Taniguchi, entre otros, y está graduada por niveles- En la web de dicha biblioteca se puede tener acceso al completo listado ampliado con una selección de recursos virtuales: CÓMIC Y MEDIOAMBIENTE.comicsmedioambiente
En tan sólo un día de funcionamiento de esta iniciativa casi la mitad de los tebeos ya estaban prestados entre nuestrxs alumnxs.
Todos los cómics estarán disponibles durante Diciembre y Enero en el Departamento de Biología y Geología.
Con este proyecto se pretende trabajar el fomento de la lectura y sensibilizar sobre el cuidado de nuestro entorno y los grandes impactos globales.

Paula Sola. In memoriam

A Paula Sola,
con inmenso cariño y agradecimiento por su magistral lección de Vida.
Gracias, Paula.

paulasolasonido-lab

 

“No te rindas”

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás sola, porque yo te quiero.

Poema leído en el acto de despedida de Paula (27/11/2016).

paulasola2eso-2015

También copio aquí el texto que Daniel Rabanaque, poeta y responsable del taller de escritura creativa, escribió para Paula en su libro homenaje:

¿De qué sirve escribir? Dímelo tú…
¿Dora el verso las espigas en el campo? ¿Le da color al cielo aquel poema?
¿Es que hace la escritura que el sol salga?
¿A qué sirve escribir? Te lo pregunto…
¿Acaso brota el agua de las fuentes debido a los relatos? ¿Es causa la
literatura de que las vigas sostengan los techos? ¿Jamás un libro calmó
las hambres?
¿Es que las líneas apretadas de nuestros cuadernos convierten el germen en tallo?
¿Es que los cuentos aplacan tormentas o amasan la arcilla o cargan la leña?
¿Es que nacen los corderos en novelas, los trinos en teatros, los fuegos de las nanas?
¿Es que la palabra abriga? Dímelo tú…
Así lo creo. O lo sospecho, sin más pruebas.
Escribir fija los interrogantes y así desvela el mundo.
Establece los puentes del diálogo y así nos lleva hacia los otros.
Retrata la esperanza, comparte los deseos, descubre algunos trazos del futuro
a fuerza de poner en indeleble la experiencia.
Da pistas. Abre caminos. Reúne. Desnuda. Socava. Transforma.
La palabra, el poema, la escritura, no solos sino en conjugación con otros
gestos, otras maniobras, otros pases casi igual de mágicos, curan, alimentan,
absuelven, validan, limpian, concilian, cicatrizan, restituyen, destronan,
remezclan, superan.
Así lo creo, no sé si ha de servirte.
Escribir ilumina incluso a mediodía. Arropa al bebé. Mantiene el fuego.
Es el poema lo que hace del agua un río en el que bañarse una vez tan solo.
Le dan los cuentos naranja a las naranjas, el calor a las miradas y la música a las
ramas mecidas por el viento.
¿De qué sirve escribir? Te lo pregunto…
Se lo preguntan cada vez que se reúnen dos letraheridos, estos de la cofradía de
las lecturas incansables, quienes se dejan dedos y frente y ojos y jorobas sobre
la página en blanco, aquellos, aquellas que, como yo, aman un puñado de
libros y algunos versos casi tanto como a sus amistades. Como tú.
¿A qué sirve escribir? Dímelo tú…
Pero dímelo
por escrito.